La inteligencia artificial y el riesgo de erosión cognitiva.
La incorporación de la inteligencia artificial en la vida cotidiana marca un punto de inflexión comparable a la invención de la escritura, la imprenta o la computación personal.
Sin embargo, a diferencia de tecnologías anteriores, la IA no solo amplía nuestras capacidades operativas, sino que interactúa directamente con funciones cognitivas centrales, influyendo en cómo atendemos, razonamos, decidimos y aprendemos.
Este rasgo la convierte en una herramienta de enorme potencia, pero también en un factor de riesgo cognitivo significativo cuando se utiliza de manera inadecuada.
El problema no reside en la existencia de la IA ni en su uso intensivo, sino en el modo en que se la integra a los procesos mentales humanos. Cuando la IA reemplaza funciones que deberían ejercitarse, el resultado no es una mente ampliada, sino una mente progresivamente debilitada en sus capacidades fundamentales.
El mal de época: la atención fragmentada
Entre todas las funciones cognitivas, la atención sostenida y el control atencional emergen como las más vulnerables al mal uso de la IA.
Este “ataque a la atención” desde el mundo de la Tecnología no es nuevo y en términos reales las redes sociales tal vez sean aún más riesgosas que la IA a los fines del efecto que producen en cada uno de nosotros cuando se imponen tiempos mínimos para abordar un determinado tema o escribir un mensaje en X (ex Twitter) en el que la consigna impuesta es la “brevedad”.
En relación con la IA, la disponibilidad constante de respuestas inmediatas, resúmenes automáticos y soluciones “listas para usar” reduce drásticamente la necesidad de mantener el foco durante períodos prolongados.
Aquí la IA nos “libera” de pasar un tiempo prolongado realizando una determinada tarea porque ella es quien la realiza y así nuestro foco atencional y productivo va perdiendo entrenamiento y consistencia.
El riesgo aquí es muy alto. La atención no es solo un prerrequisito del aprendizaje; es el sistema que regula el acceso a todas las demás funciones cognitivas.
Sin atención sostenida, no hay pensamiento profundo, ni comprensión significativa, ni memoria duradera.
El uso pasivo de la IA fomenta un estilo cognitivo fragmentado, caracterizado por la alternancia rápida entre estímulos, la lectura superficial y la dependencia constante de asistencia externa para sostener el foco.
Con el tiempo, este patrón puede derivar en una disminución real de la capacidad de concentración autónoma, generando una paradoja preocupante: cuanto más se usa la IA para “ahorrar esfuerzo”, menos esfuerzo se está en condiciones de sostener sin ella
Pensamiento crítico: delegar el juicio es perderlo
Si la atención es la función más afectada, el pensamiento crítico es la más comprometida en términos cualitativos.
El riesgo aquí también es extremadamente alto. La IA produce respuestas plausibles, coherentes y bien redactadas, lo que puede inducir a aceptarlas sin análisis ni contraste.
Cuando el usuario deja de cuestionar, verificar fuentes, detectar inconsistencias o construir argumentos propios, el pensamiento crítico se debilita progresivamente.
El problema no es solamente que la IA “se equivoque”, sino que el usuario renuncie al ejercicio del juicio crítico en relación con lo que está haciendo, viendo o creando..
En ese punto, la cognición humana pasa de ser activa a meramente receptiva.
Este fenómeno es especialmente grave en contextos educativos, académicos y profesionales, donde la capacidad de evaluar información, discriminar calidad y tomar decisiones fundamentadas constituye el núcleo del desempeño intelectual.
Memoria de trabajo y esfuerzo cognitivo: la erosión silenciosa
Otra función severamente afectada es la memoria de trabajo, encargada de sostener y manipular información mientras se razona.
Cuando la IA realiza los pasos intermedios del pensamiento —explicaciones, síntesis, conexiones— el cerebro deja de entrenar esta capacidad. El riesgo es alto, aunque menos visible que en el caso de la atención.
A esto se suma la disminución de la tolerancia al esfuerzo cognitivo. La resolución de problemas complejos implica atravesar momentos de incertidumbre, duda y frustración. La IA, al ofrecer soluciones inmediatas, puede eliminar esa fase necesaria del aprendizaje profundo. El resultado es una menor disposición a pensar sin ayuda y una creciente evitación del esfuerzo intelectual.
Metacognición y autonomía intelectual
El uso acrítico de la IA también impacta en la metacognición, es decir, la capacidad de comprender cómo pensamos, por qué tomamos decisiones y cuáles son nuestros propios límites cognitivos. Cuando la IA organiza, decide y explica todo, el usuario pierde visibilidad sobre su propio proceso mental.
Esto conduce a una forma sutil pero peligrosa de dependencia: se obtienen resultados, pero no se desarrolla comprensión.
Se responde correctamente, pero no se sabe explicar por qué. A largo plazo, esto afecta la autonomía intelectual, una de las competencias más valiosas en la era del conocimiento.
¿Se puede evitar la degradación cognitiva por el uso de la IA?
Evitar estos riesgos no implica reducir el uso de IA, sino redefinir su rol.
A lo largo de nuestras investigaciones y proyectos venimos planteando la importancia que tiene una buena capacitación tanto para docentes como para los alumnos y personas que se van acercando a la IA por primera vez a fin de que aprendan de entrada acerca del encuadre correcto que debemos cultivar para no terminar siendo “los zombies de la Era IA”.
La IA nos tiene que ayudar para ampliar nuestras perspectivas y no para evitar pensar.
A la IA nos tenemos que acercar en MODO ACTIVO y no pasivo pero lo que dicen las investigaciones es que más del 73% de la población que usa la IA lo hace en modo pasivo procurando que ella haga las cosas: un ensayo, la resolución de un ejercicio matemático, la composición de una pista musical, un determinado diseño gráfico, un programa de computación, etc.
Esa actitud es la que precisamente debemos evitar a toda costa y la mejor solución es aprender acerca del PROMPTING ACTIVO en el que la IA no es tanto nuestro asistente sino que es “nuestra mente extendida” con la que co-pensamos la solución al desafío que nos estamos enfrentando y para “ampliar nuestra mente” recurrimos precisamente a la IA.
En este contexto, el prompting activo emerge como una herramienta central para un uso saludable de la IA. A diferencia del prompting pasivo —“resuélveme esto”, “explícame todo”—, el prompting activo implica dirigir conscientemente la interacción para estimular funciones cognitivas humanas.
En definitiva, un concepto de encuadre central es que la inteligencia artificial no es, en sí misma, una amenaza para la cognición humana.
La amenaza surge cuando se la utiliza como sustituto del esfuerzo mental, del juicio crítico y de la atención sostenida. En ese escenario, las funciones más afectadas —especialmente la atención y el pensamiento crítico— se debilitan de manera progresiva pero profunda.
Lo que afecta además al resto de las funciones cognitivas seriamente.
Usada con conciencia, diseño y prompting activo, la IA puede convertirse en una de las herramientas más poderosas jamás creadas para expandir la mente humana.
Usada sin criterio, puede acelerar una forma de empobrecimiento cognitivo silencioso. La diferencia entre ambos futuros no es tecnológica, sino cognitiva y pedagógica.